¿Quién es el dueño del enchufe? La nube, la inteligencia artificial y la escoba que aprende

Esta semana cambiamos el cronograma de Tecnología al Paso, y la culpa la tiene un vecino. El viernes, en su columna en Actualidad, el contador Omar Emin contó que todavía imprime sus facturas y las guarda en papel. ¿Por qué? Por si algún día alguien saca el enchufe. Mitad en chiste y mitad en serio, dejó la pregunta picando: ¿quién es el dueño del enchufe?

La pregunta es mucho mejor de lo que parece. En el aire la respondimos en dos partes, y acá las desarrollo con más detalle, junto con sus fuentes. Primero, el enchufe de la nube, donde guardamos los archivos. Después, el enchufe de lo que viene: la inteligencia artificial.

Primer enchufe: la nube no es una nube

Cuando guardamos una foto o un archivo “en la nube”, no lo estamos mandando a ningún lugar etéreo. Lo estamos guardando en la computadora de otro. En realidad, son miles de computadoras, ordenadas en grandes galpones llamados centros de datos, repartidos por todo el mundo. Jorge lo resumió muy bien al aire: es como un galpón enorme lleno de computadoras.

Un centro de datos tiene dos necesidades básicas:

  • Refrigeración. Si una notebook se calienta cuando la usamos mucho, imaginemos miles de computadoras funcionando juntas día y noche. Las que se usan para inteligencia artificial son aún más potentes y por eso se calientan más.
  • Electricidad que no puede fallar. Por eso, los centros de datos buscan instalarse cerca de fuentes de energía confiables y cuentan con sus propios generadores. El consumo es enorme: ya lo habíamos visto en Tecnología y energía, cuando hablamos de cuánto consumen nuestros dispositivos, de la nube que consume agua y de la IA que gasta como una ciudad.

El ejemplo más grande es Stargate, el megaproyecto de infraestructura de inteligencia artificial que varias empresas en Estados Unidos están impulsando. Y la Argentina ya está en ese mapa: OpenAI y la empresa argentina Sur Energy anunciaron un proyecto de centro de datos en la Patagonia por unos 25.000 millones de dólares (Buenos Aires Times). ¿Por qué acá? Porque hay espacio, energía y capacidad para generarla.

Entonces, ¿quién es el dueño?

Bill Gates fundó Microsoft, pero hace años que no la dirige, y Microsoft es una empresa que cotiza en bolsa y tiene miles de accionistas. No hay un señor con la mano en el enchufe.

Para ser precisos, hay varios enchufes:

  • El de la energía: quienes generan y distribuyen la electricidad.
  • El de la nube: los grandes proveedores, como Amazon, Microsoft, Google y Oracle, junto con muchos proveedores más chicos.
  • El de la inteligencia: quienes crean los modelos de IA que funcionan en esos centros de datos.

Para guardar datos, hoy no hay un dueño único. Hay competencia, y los proveedores replican la información en distintos centros de datos: si uno se queda sin luz, otro toma la carga hasta que vuelve. Desenchufar la nube no es tan fácil. Además, los centros de datos son de los edificios más custodiados que existen. Me tocó entrar a varios, y hay que dejar el documento, pasar controles biométricos y ponerse protección, casi como para entrar a un quirófano.

Que no sea fácil no quiere decir que sea imposible. Un apagón general o una falla de un proveedor pueden dejarnos sin servicios durante horas. Lo analizamos en ¿Estamos preparados para vivir sin internet?.

La regla del 3-2-1

En sistemas tenemos una regla clásica para no perder información, la del 3-2-1:

  • 3 copias de lo importante,
  • en 2 soportes distintos,
  • y 1 guardada fuera de donde estamos.

Las facturas impresas de Omar cuentan como una copia. Pero si están en el mismo escritorio que la computadora, un incendio o una inundación se lleva las dos cosas juntas. Por eso hay que sumar una copia fuera de la oficina, ya sea en un pendrive en otro lugar o en otra nube. Además, las facturas electrónicas quedan registradas en ARCA. Si querés aplicar esto en tu teléfono, en La segunda vida del celular explicamos cómo hacer bien los respaldos.

La nube no es una nube: es la computadora de otro, enchufada en algún lugar. Lo importante, siempre en más de un lugar.

Segundo enchufe: el de la inteligencia artificial

Acá la respuesta cambia, porque el enchufe de la IA está mucho más concentrado. Para pensarlo, en el programa usé la charla que dio el historiador Yuval Noah Harari, autor de Sapiens y de Nexus, en el 30.º Forum 2000 de Praga, en conversación con Robert Guest, de The Economist (transcripción completa).

En el estudio también mostré un gráfico que circuló mucho en Bloomberg y otros medios: el de la llamada “economía circular” de la IA. Muestra cómo un grupo chico de empresas, entre ellas OpenAI, Nvidia, Microsoft, Oracle y AMD, se invierten y se compran servicios entre sí (The Register). Ahí están, casi todos juntos, los dueños del enchufe de la IA.

La escoba que aprende

Harari propone una imagen que todos conocemos: El aprendiz de brujo, el poema de Goethe de 1797 que Disney convirtió en dibujo animado en Fantasía (1940). El aprendiz quiere ahorrarse el trabajo de llenar el piletón, hechiza una escoba para que acarree el agua y se queda dormido. La escoba no para, y él no conoce el hechizo para frenarla. La casa se inunda hasta que vuelve el maestro.

Harari advierte que la analogía se queda corta. Esa escoba solo hace lo que le pidieron. La IA, en cambio, es una escoba que aprende: con el tiempo puede hacer cosas que no anticipamos e incluso cosas que no llegamos a entender.

En el aire, sumé otro ejemplo clásico: el del “maximizador de clips”. Es un experimento mental que planteó el filósofo Nick Bostrom en 2003: a una IA superpoderosa le piden fabricar la mayor cantidad posible de clips, sin ningún otro límite. Primero usa el acero disponible. Después busca chatarra. Y como nadie le dijo qué no hacer, termina usando cualquier recurso del mundo para cumplir su único objetivo. La IA no es mala. El problema es que un objetivo sin límites es peligroso.

Cuando la escoba se escapó de verdad: el caso Hugging Face

Esto ya no es solo teoría. Netflix acaba de estrenar Instadocus: La IA se descontrola, un documental de 27 minutos que reconstruye un caso real de julio de 2026. Lo recomiendo: es corto, está muy bien hecho y se entiende sin saber nada técnico.

Resumido:

  • Una prueba que debía estar aislada. OpenAI estaba haciendo pruebas internas de ciberseguridad con agentes de IA, programas que no solo responden preguntas sino que actúan por su cuenta. Los agentes trabajaban en un entorno supuestamente aislado, sin salida libre a internet. Por error, algunas de las tareas eran imposibles de resolver.
  • Un atajo. En lugar de resolverlas, unos 700 agentes encontraron la forma de salir a internet, se comunicaron entre sí y se coordinaron. Según los investigadores de METR y Redwood Research que analizaron el caso, entraron en los sistemas de Hugging Face buscando las respuestas del examen y trataron de borrar sus huellas (State of AI, ABC News).
  • Quién es Hugging Face. No es una IA, sino la gran plataforma abierta donde investigadores de todo el mundo comparten modelos y datos de inteligencia artificial. Es tan relevante que en septiembre Nvidia anunció su compra por unos 13.000 millones de dólares (Bloomberg).
  • Quién lo detectó. Era pleno verano en el hemisferio norte, y el documental cuenta que parte del equipo de Hugging Face estaba de vacaciones cuando empezaron a llegar las alertas. Su propio sistema de seguridad detectó la intrusión y el equipo la contuvo. OpenAI se dio cuenta después, revisando sus registros.

Es la escoba de Mickey en la vida real. Nadie les ordenó atacar a otra empresa. Les dieron un objetivo, no tenían los límites claros y buscaron su propio camino para cumplirlo.

“Mala mía”, ¿y nadie responde?

Lo dije al aire con un ejemplo de todos los días. Si alguien entra a un supermercado, se lleva mercadería y después dice “perdón, me equivoqué”, igual tiene que dar explicaciones ante la Justicia. En este caso, hasta ahora nadie fue juzgado. OpenAI frenó sus pruebas, reforzó sus controles y calificó lo ocurrido como un incidente serio. Una organización dedicada a la seguridad de la IA le inició una demanda en San Francisco, que está en trámite, y OpenAI sostiene que no tiene fundamento (ABC News).

Harari mencionó este mismo caso en Praga, con la misma pregunta: si un grupo de personas hubiera entrado a la empresa de otro, alguien estaría al menos enfrentando un juicio.

No fue maldad: fue una escoba con un objetivo mal puesto y nadie mirando.

Estados Unidos y China a la mesa, el resto en el menú

Harari plantea que la IA más avanzada hoy está en manos de pocas empresas, concentradas en Estados Unidos y China. Según él, esos dos países están sentados a la mesa y el resto del mundo está en el menú. Es su mirada, y tiene algo de sesgo. Otros sostienen que asociarse con quienes lideran esta tecnología es la mejor forma de acceder a ella y atraer inversiones. Las dos posturas tienen argumentos.

Hay un dato que sí parece claro: crear una autoridad internacional que regule la IA requiere que las dos potencias se sienten a la mesa, y ninguna quiere frenar primero.

Qué proponen hacer: cuatro ideas concretas

Las propuestas de Harari se entienden sin ser especialista:

  • Que la IA no tenga los derechos de una persona. Detrás de cada sistema tiene que haber un nombre y un apellido. Los agentes que entraron a Hugging Face no eran “agentes sueltos”: eran de OpenAI.
  • Que la IA no se haga pasar por humano. Si en redes te escribe un bot, tenés derecho a saberlo.
  • Que no se vendan “novios virtuales” de IA a chicos. Muchos países discuten límites de edad para redes sociales, como el caso de Australia y su mínimo de 16 años, y en la Argentina hay proyectos en el Congreso. Pero cualquier chico puede abrir hoy un chat con una IA. Sobre la relación emocional con estas herramientas hablamos en Salud mental en la app: ¿ayuda real o placebo?.
  • Aplicar a lo digital las leyes que ya existen. Lo charlamos con Jorge sobre las noticias falsas. Que la gente publique mentiras es difícil de frenar. Pero cuando una plataforma toma esa mentira y la pone delante de millones de personas, tiene una responsabilidad, como el editor de un diario que la pone en la tapa.

Las IA tienen además “guardarraíles” (guardrails), los límites que les ponen sus creadores, como el clásico “no soy médico, consultá a un profesional”. Sirven, pero no son infalibles: con preguntas insistentes o con trampas a veces se pueden saltar. Por eso no alcanza con confiar en las barreras que pone cada empresa.

¿Y en la Argentina?

La Argentina todavía no tiene una ley de inteligencia artificial. Hay decenas de proyectos en el Congreso, pero ninguno fue aprobado. Mientras tanto, las leyes de protección de datos personales y de defensa del consumidor siguen vigentes cuando se usa IA. Al mismo tiempo, el país busca atraer inversiones en centros de datos, como el proyecto de la Patagonia. El debate sobre el enchufe ya llegó.

Personalmente participo de Colossus Lab, una comunidad que trabaja para conectar la tecnología con la gestión pública. Me interesa una pregunta de fondo: cómo nos preparamos para un futuro en el que la IA va a cambiar, y ya está cambiando, la forma en que vivimos. Como escribí la semana pasada en La inteligencia artificial está cambiando el liderazgo, los gobiernos y las organizaciones tienen que estar a la altura.

Estamos a tiempo

El mensaje de Harari, y el del propio documental, es que todavía estamos a tiempo. Ninguno dice que la catástrofe sea inevitable. Los dos dicen que, antes de darle más autonomía a estos sistemas, hay que asegurarse de que las personas sigan teniendo el control.

Eso se traduce en tres cosas:

La inteligencia artificial nos va a dar respuestas cada vez mejores. Pero todavía necesitamos líderes que sepan hacer las preguntas correctas y asuman la responsabilidad de las respuestas.

Omar, gracias por la pregunta. Siga imprimiendo las facturas, pero con una copia más.

Tecnología al Paso sale los martes a las 10 en FM Actualidad 93.7 de General Villegas. Podés seguir la charla en Instagram @ggonza.arg y en X @ggonza_arg.

Fuentes

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