¿Estamos preparados para vivir sin internet?
Imaginemos el escenario
Mañana a la mañana se despierta toda la familia. Alguien intenta abrir WhatsApp. No abre. Otro abre el banco desde el celular. Tampoco. Suena el teléfono del trabajo: dice el jefe que no puede entrar a los sistemas. Encienden la radio —si todavía la tienen— y ahí aparece la primera noticia: internet no está. No en Villegas, no en Buenos Aires, no en el mundo. Nadie sabe por cuánto tiempo.
¿Suena exagerado? El 19 de julio de 2024 vivimos una versión moderada de eso. Una actualización defectuosa de la empresa de ciberseguridad CrowdStrike dejó inoperativos cientos de miles de sistemas Windows en todo el mundo. Aeropuertos paralizados, bancos sin servicio, hospitales que volvieron al papel. En Argentina, Aeroparque y Ezeiza hicieron check-in a mano durante horas. Y eso fue un dolor de cabeza global de un día.
El ejercicio que les propongo es imaginar que ese dolor de cabeza dura semanas. ¿Qué pasa?
Villegas y la trampa del único cable
Antes de ir a las consecuencias, vale una observación local que mucha gente desconoce: en Villegas, todos los proveedores de internet salen por la misma ruta. La vieja red de Telecom —hoy operada por Personal— es el camino físico por el que pasa casi todo. Vos podés tener dos proveedores distintos, creer que tenés redundancia, pero si se rompe un equipo en ese único punto, te quedaste sin internet en los dos.
Esto lo vivimos en 2024. Se cayó algún aparato en esa red, y se cayó internet en buena parte del pueblo. Sin importar el proveedor.
La única vía verdaderamente alternativa hoy es satelital. Starlink ya está disponible en Villegas y zonas rurales del partido. Los planes residenciales en Argentina rondan los 45.000 pesos mensuales para el plan Lite y 65.000 pesos para el plan Residencial completo. La inversión inicial del equipo está cerca de los 375.000 pesos. No es barato, pero es la primera vez que una localidad como la nuestra tiene una vía de internet realmente independiente de la red terrestre.
Para una empresa o un comercio que vive de internet, tener Starlink como backup pasó de ser un lujo a ser una decisión de continuidad. Lo mismo aplica para profesionales que trabajan en forma remota.
Pero volvamos al ejercicio. Imaginemos que ni Starlink funciona. Que internet, como concepto, no existe por un tiempo.
1. Comunicación: el día que el celular vuelve a ser teléfono
Lo primero que pierde la mayoría es WhatsApp. Y con eso, Gmail, Zoom, Telegram, Instagram, Facebook. Argentina tiene más de 32 millones de usuarios de redes sociales y la enorme mayoría usa WhatsApp como canal principal de comunicación diaria.
Sin internet, el celular vuelve a tener dos servicios bien distintos:
- Datos (internet): inutilizable.
- Telefonía (la llamada tradicional): sigue funcionando, porque va por otra red.
Aquí aparece algo curioso. Muchos lectores jóvenes nunca llamaron por teléfono. Llaman por WhatsApp. Hablar por la línea tradicional implica, además, gastar minutos de tu abono —algo que casi todos olvidamos. Y para hablar al exterior, los costos vuelven a ser los de antes: caros, medidos, contados.
Me acordé con un amigo de un concepto que hoy parece arqueológico: la hora telefónica. De 9 a 10 de la noche, las llamadas de larga distancia salían mucho más baratas. Esa hora era casi sagrada en las casas argentinas. Se llamaba al primo de Mar del Plata, al hermano en Bahía, a la abuela en Italia.
Volveríamos a algo parecido. Y también volveríamos al teléfono fijo —que muchos hogares ya ni tienen— y a algo más antiguo todavía: ir hasta la casa de alguien.
“Antes íbamos. Y si había alguien, lo encontrábamos. Si no, pasábamos a buscar por las casas, porque no había comunicación. Y había tiempo para todo.”
Esa frase, dicha al aire en el estudio, dice más de lo que parece. Porque la velocidad y la inmediatez —dos cosas que nos dio internet— son las primeras que perderíamos. Y son, paradójicamente, las que más nos cansan en el día a día. De esto hablamos hace algunas semanas en el episodio sobre minimalismo digital, donde discutimos cómo recuperar el control del tiempo en una era de sobrecarga.
2. Trabajo: la oficina vuelve a tener dirección
Soy uno de los muchos argentinos que trabaja en forma remota. Mi rutina depende de internet de la primera hora a la última. Si internet desaparece, yo no tengo trabajo al día siguiente.
No es que mi empresa quiebre. Las grandes compañías tienen oficinas, sistemas, sucursales. Lo que ocurriría es algo más profundo: el modelo de trabajo distribuido —el que permite que alguien en Villegas trabaje para San Francisco, o que alguien en Mendoza atienda clientes en Madrid— deja de existir.
Las empresas necesitarían que todos vuelvan a la oficina física. El home office terminó. Y los trabajos puramente digitales —comunidad manager, programador remoto, asistente virtual, editor freelance, vendedor online— directamente desaparecen.
Esto golpea fuerte al interior del país. Porque internet había hecho algo enorme por las ciudades pequeñas: les había dado acceso al mercado laboral global. Sin internet, esa ventana se cierra. Los talentos jóvenes vuelven a tener que irse a los grandes centros urbanos para conseguir trabajo. Profundizamos sobre esto en la nueva brecha digital, donde la diferencia ya no es tener o no tener conexión, sino saber qué hacer con ella.
Y al revés: en el episodio sobre fake productividad hablamos de cómo estar conectado no es lo mismo que trabajar. Hay algo casi liberador en imaginar un mundo en el que no hay notificaciones que respondan ni mails que contestar al instante. Pero hay también algo aterrador: para muchos, el ingreso depende exactamente de esa conexión.
3. Comercio y finanzas: el efectivo vuelve a reinar
Acá hay una escena que conté al aire y que vale la pena rescatar. Una persona cercana a mí me trajo el otro día un paquete de almendras. Todo en inglés. Pensé que se lo habían regalado, o que lo había traído de un viaje.
“No, lo compré por Mercado Libre”, me dijo.
Almendras importadas, en Villegas, pedidas por una plataforma. Si esa plataforma desaparece, las almendras también. Y con ellas miles de productos que hoy llegan al pueblo por una de las quince camionetas de Mercado Libre que reparten todos los días en el partido de General Villegas.
Sin internet, el comercio se vuelve local de nuevo. Lo cual no es necesariamente malo: los almacenes, las verdulerías, las ferreterías del centro recuperan centralidad. Pero también significa que el precio sube —los productos importados se vuelven raros— y que la oferta disminuye. La economía vuelve a depender de lo que se produce físicamente cerca.
Lo más dramático ocurre con el dinero:
- Mercado Pago, MODO, Ualá, Cuenta DNI: no funcionan.
- El QR: muerto.
- Los cajeros automáticos: la mayoría queda desconectada de los bancos.
- Las transferencias: imposibles.
Volveríamos al efectivo. Pero hay un problema: muy poca gente tiene efectivo guardado, y casi nadie tiene chequera física. ¿Cómo se cobra un sueldo? ¿Cómo se paga un alquiler? ¿Cómo verificás que tu cliente tiene fondos antes de entregarle la mercadería?
Mi tío fue mensajero del Banco Nación en Villegas hace muchísimos años. Llevaba los cheques caminando por la calle Moreno hasta el Banco Provincia, a veces con un policía al lado por seguridad. Hoy esa imagen suena pintoresca. Pero es exactamente lo que tendría que volver a pasar.
Mientras tanto, toda la economía digital invisible que se nos cuela por la tarjeta —Netflix, Spotify, ChatGPT, Amazon Prime, Disney+, Google Drive, Dropbox, gimnasios online, las aplicaciones de delivery— deja de cobrar. Eso es bueno para el bolsillo de algunos. De eso hablamos en la economía invisible, un episodio que probablemente sea más urgente revisar hoy que esperar a una caída de internet.
Hay una serie que me viene a la cabeza cada vez que pienso en este tema: Mr. Robot. Sus protagonistas planifican un ataque contra una empresa que controla parte importante de internet, y en paralelo van acumulando efectivo. Porque saben que el día después no van a poder transferir, ni pagar con tarjeta, ni usar billeteras digitales. El efectivo, despreciado y olvidado, vuelve a tener su poder original: ser dinero.
4. Educación: las bibliotecas vuelven a llenarse
Cuando hablé del tema en casa con mis hijos, uno me dijo: “A mí no me afecta tanto, en la escuela ya casi no usamos celular”. Es cierto. Pero la educación moderna tiene mucha más tecnología debajo de lo que se ve.
Sin internet:
- Los portales educativos —Educ.ar, Khan Academy, Duolingo, NotebookLM, YouTube educativo— desaparecen.
- Las comunicaciones escuela-ministerio se vuelven manuales.
- Las consultas escolares por WhatsApp mueren, y vuelven los cuadernos de comunicaciones.
- Las bibliotecas físicas recuperan su importancia. Los chicos vuelven a caminar hasta la biblioteca pública para buscar información.
- Los diarios y libros en papel se vuelven imprescindibles otra vez.
Hay algo que recuperaríamos: tiempo de concentración. Pantallas que se apagan. Una atención más larga. Algo de eso lo discutimos en el episodio sobre los chicos y las pantallas, donde hablamos de educar acompañando, no prohibiendo.
Pero también recordemos algo importante: muchos adultos en Argentina —y un altísimo porcentaje de adultos mayores— terminaron por usar internet para acceder a información de salud, hacer trámites, conectarse con su familia lejana, ver televisión, escuchar música. Para ellos, perder internet no es una vuelta romántica al pasado. Es una pérdida concreta de calidad de vida.
5. Salud: la telemedicina y el turno presencial
En salud, internet trajo un cambio enorme para los pueblos del interior. La telemedicina permite que un especialista en Buenos Aires atienda a un paciente en Villegas sin que ninguno de los dos tenga que viajar. Los turnos online, las historias clínicas digitales, los resultados de laboratorio por mail, las derivaciones electrónicas: todo eso desaparece.
Vuelven los turnos por teléfono o por mostrador. Las historias clínicas en carpeta. Las recetas a mano. Las farmacias sin validación electrónica con la obra social. Los sistemas de alerta médica conectados —que avisan caídas en adultos mayores, por ejemplo— se vuelven inútiles.
Y otra vez, la brecha entre Buenos Aires y el interior se amplía. Porque las ciudades grandes tienen especialistas a la vuelta de la esquina. Villegas no.
6. Información: del cassette al noticiero en vivo
Quiero contar algo que pocos recuerdan. En los años ochenta, cuando empezó el canal local en Villegas, los noticieros nacionales venían con un día de retraso. El noticiero de las 9 de la noche se grababa en cassette, lo subía alguien a un colectivo en Retiro, y al día siguiente al mediodía se transmitía acá. Nadie lo recibía como algo viejo. Lo veíamos con la misma avidez con la que hoy miramos las redes.
Lo mismo pasaba con los diarios y las revistas. El Gráfico llegaba el martes o miércoles después del partido del domingo. Y eso estaba bien, era el ritmo del mundo. Internet aceleró ese ritmo a tal punto que perder un par de horas hoy nos genera ansiedad.
Sin internet, los grandes diarios perderían su capacidad de actualización en tiempo real. Las redacciones volverían a un solo cierre por día. La radio recuperaría centralidad, porque puede emitir con o sin internet. Y los pueblos del interior tendríamos que esperar otra vez para ver lo que pasó en el mundo.
No es un escenario terrible. Es un escenario más lento. Aunque la pregunta —que no es trivial— sigue siendo: ¿quién resiste hoy esa lentitud?
7. Entretenimiento: vuelve el cine, vuelve la plaza
Sin internet no hay Netflix, ni YouTube, ni Spotify, ni TikTok, ni Instagram. Los algoritmos —esas máquinas que ya analizamos en detalle en el algoritmo decide por vos (y no lo notás)— dejan de decidir qué consumimos.
¿Qué pasa? Volvemos al cine —que en los pueblos viene de capa caída, golpeado por el streaming—. Volvemos a la plaza los domingos. Vuelven los clubes a la noche. Vuelve la sobremesa larga. Vuelven los libros físicos y las visitas sin avisar.
Hace poco un conocido de Villegas me contó que hizo un retiro de desconexión. Un campo, sin señal, con actividades guiadas, durante varios días. Pagás por algo que en cierto sentido es “no recibir nada”. Es la economía de la atención al revés: pagás por que nadie te interrumpa. Probablemente sea uno de los lujos modernos más interesantes que existen.
Y volveríamos a algo que perdimos casi sin darnos cuenta: memoria. La memoria de números de teléfono, de direcciones, de caminos. Hablamos largo de esto en ¿nos estamos quedando sin memoria?, donde el dato era contundente: cada vez recordamos menos porque el celular recuerda por nosotros.
8. La paradoja de Villegas: más vulnerable y más resiliente
Hay algo curioso con los pueblos como Villegas. Por un lado son más vulnerables, porque internet había emparejado el acceso al mundo. Sin internet, la distancia con Buenos Aires se vuelve a sentir. Las opciones de educación, salud, trabajo y comercio se reducen significativamente.
Pero por otro lado son más resilientes que las grandes ciudades. Porque acá todavía:
- Los vecinos se conocen.
- Hay comercios de barrio con dueños identificables.
- Hay una radio escuchada (FM Actualidad 93.7) que sigue funcionando con o sin internet.
- Hay una plaza llena los domingos.
- Las distancias son cortas. Se puede caminar a todos lados.
En Buenos Aires, si internet se cae por una semana, el caos es total: bancos físicos no alcanzan, especialistas médicos saturados, redes de transporte paralizadas. En Villegas, sería más lento, pero más manejable.
Sobre esta tensión entre tecnología, pueblos y campo escribí hace poco en la innovación no tiene código postal. El interior no es atraso. Es otra forma —muchas veces más sólida— de adoptar tecnología.
¿Estamos preparados?
La respuesta corta y honesta es no. Ni Argentina ni Villegas ni la mayoría del mundo está preparado para vivir sin internet por más de algunas horas.
Pero la pregunta más interesante es otra: ¿deberíamos estarlo?
Prepararse cuesta caro. Significa mantener infraestructura redundante: cajeros que funcionen offline, historias clínicas en papel además de las digitales, sistemas de comunicación alternativos, efectivo guardado en casa, baterías y radios a pilas. Significa enseñarles a los chicos cosas que parecen obsoletas: leer un mapa, sacar cuentas a mano, buscar en una guía telefónica, recordar números.
¿Vale la pena? Yo creo que en parte sí. Especialmente en zonas con riesgo de cortes prolongados por desastres climáticos. En esas zonas, los expertos en emergencias ya recomiendan un kit básico: pilas, agua, comida no perecedera, una radio a pilas, una linterna, algo de efectivo. Las tormentas grandes, las inundaciones, los incendios, suelen llevarse internet antes que la luz. Y a veces se llevan las dos cosas juntas.
El cierre
Lo que más me marcó al pensar en este episodio fue darme cuenta de algo muy simple: internet pasó de ser una herramienta a ser infraestructura. Tan invisible como la luz o el agua. Y cuando algo se vuelve infraestructura, dejamos de mirarlo. Dejamos de tomar decisiones sobre eso. Lo damos por hecho.
Pero también, en este ejercicio mental, descubrí algo más: no todo lo que perderíamos sería pérdida. Ganaríamos sueño, conversación cara a cara, sobremesa, caminatas, juegos en la plaza, presencia. Cosas que sabemos que valen y que entregamos cada día sin darnos cuenta del precio.
La pregunta del título —¿estamos preparados para vivir sin internet?— termina siendo, en realidad, otra: ¿somos conscientes de cómo vivimos con internet?
Si la respuesta es no, este ejercicio sirvió para algo. Si la respuesta es sí, capaz podamos elegir mejor.
No vivimos sin internet. Pero podemos elegir cómo vivimos con él.
