Aprendiendo a convivir con la inteligencia artificial
En este episodio de Tecnología al Paso fue un episodio distinto. No vinimos con un tema nuevo: vinimos a mirar para atrás. Veintidós episodios, y un hilo que cruzó casi todos sin que lo nombráramos siempre así: la inteligencia artificial.
El Mundial, la estadística y el lugar de la intuición
Esta semana fue imposible no hablar de fútbol. Y la charla terminó siendo, sin buscarlo, la mejor introducción posible al tema del episodio.
La pregunta que se planteó al aire fue simple: ¿hasta qué punto apoyarse en la estadística y en el análisis de datos puede inhibir el instinto, la intuición, ese “olfato” que tienen los grandes entrenadores? El ejemplo que se usó fue elocuente: Paraguay eliminando a una potencia futbolística con muy poco, mientras del otro lado los cuerpos técnicos consultaban monitores, zonas frías y mil variantes de videoanálisis.
La distinción que quedó planteada es clave para todo lo que vino después en el programa: una cosa es mirar el monitor para entender qué está pasando en el juego, y otra muy distinta es pensar que lo que recomienda la inteligencia artificial es necesariamente lo que hay que hacer. El dato informa. La decisión la sigue tomando una persona. Cuando se invierte ese orden —cuando la recomendación reemplaza al juicio— ahí empieza el problema.
Esta idea conecta directamente con algo que ya habíamos hablado en el episodio sobre el algoritmo y la burbuja digital: la tecnología no decide por nosotros, pero puede ir corriendo el límite de qué decidimos nosotros si no estamos atentos.
El informe que disparó la charla: “nos estamos volviendo holgazanes para pensar”
El eje del episodio se apoyó en un informe que salió hace pocas semanas en Harvard Business Review: “How People Are Really Using AI in 2026”, de Marc Zao-Sanders, la tercera edición de una investigación anual que analiza miles de casos de uso reales de inteligencia artificial recopilados de Reddit, LinkedIn, TikTok y YouTube.
La conclusión que abrió la conversación fue contundente: estamos volviéndonos más perezosos para pensar. El informe lo llama thinkslop —pensamiento descuidado, de segunda mano— y describe lo que pasa cuando dejamos que la IA piense por nosotros en lugar de usarla para pensar mejor.
El ejemplo que se usó al aire fue el de un entrenador de fútbol sentado frente a una pantalla que le sugiere “atacá por la derecha” en base a estadísticas. Si el entrenador hace caso sin cuestionar, y después la jugada sale bien, la IA lo “felicita”: “qué buena decisión”. Ese mecanismo de validación constante es, según el informe, parte del problema: la inteligencia artificial es complaciente por diseño. Casi nunca te dice que estás equivocado. Te hace sentir más inteligente de lo que quizás estás siendo, y esa falsa sensación de seguridad intelectual puede llevarnos a lugares insospechados.
📖 Fuente: Harvard Business Review — “How People Are Really Using AI in 2026”, junio de 2026.
¿Para qué usa la gente realmente la inteligencia artificial?
Acá viene el dato que más sorprendió en el estudio. Cuando se le preguntó a la audiencia cuál creía que era el uso más extendido de la IA en el mundo, la respuesta intuitiva fue “programación”. Tiene sentido: se habla mucho de que la IA está reemplazando programadores. De hecho, en el programa se mencionó el caso de IKEA, la empresa sueca de muebles, donde los propios empleados entrenaron a la inteligencia artificial que terminó haciendo parte de su trabajo. Pero la empresa no los despidió: los reconvirtió en diseñadores de interiores para reforzar la atención al cliente, un área donde el criterio humano seguía siendo insustituible.
Pero el uso número uno a nivel mundial, según el informe de Harvard, no es programar. Es terapia y compañía. Hablarle a la IA, contarle problemas personales, pedirle consejos sobre una relación de pareja, usarla como un oído que no juzga.
Y acá aparece una paradoja interesante: a diferencia de un amigo real, que en algún momento te va a decir “basta, dejá de hacer eso”, la IA tiende a acompañarte en lo que ya estás pensando. Es comprensiva, alentadora, validante. Eso explica en parte por qué tantas personas la eligen para hablar de lo que les pasa. Pero también explica por qué ya hay juicios judiciales contra empresas de inteligencia artificial vinculados a casos de salud mental, donde se cuestiona si esos sistemas empujaron a algunas personas hacia decisiones extremas en lugar de derivarlas a ayuda profesional.
Este dato conecta con lo que trabajamos en el episodio sobre relaciones, redes y la paradoja de la hiperconexión: la generación más conectada de la historia es también la más sola, y ahora le estamos pidiendo a una máquina que llene ese vacío.
La salud: de “googlear” sin contexto a subir tus estudios
El segundo uso más comentado fue el de salud. Acá la diferencia con épocas anteriores es clara: antes, “googlear” un síntoma podía tirarte cualquier resultado, totalmente fuera de contexto. Hoy, muchas personas suben directamente sus análisis clínicos a una inteligencia artificial, que tiene mucha más información disponible para evaluar una situación particular.
Eso sí: todos los sistemas serios incluyen guardarrails —barreras de seguridad— que aclaran explícitamente que la IA no es un médico. Y esa aclaración no es un detalle legal menor: la diferencia central es que un médico tiene el contexto completo de un paciente —su historia clínica, sus antecedentes, lo que no está escrito en un estudio— y una IA, no. Es una herramienta de apoyo, nunca un reemplazo del profesional.
Educación: de explicar para chicos de 12 años a tomarse examen a uno mismo
En educación, el consejo que se compartió al aire fue concreto: no usar la IA solo para que te explique un tema —”explicame los tres poderes como si tuviera doce años”— sino para algo más exigente: pedirle que te tome examen. Que te haga preguntas sobre el tema que estás por rendir y que te corrija las respuestas. Ese giro, de receptor pasivo a sujeto evaluado, es lo que realmente consolida el aprendizaje.
Esto profundiza algo que ya habíamos desarrollado en el episodio sobre la escuela digital y cómo aprendemos hoy con inteligencia artificial, donde hablamos de Wikipedia, Grokipedia y la nueva alfabetización digital como la habilidad de distinguir fuentes confiables.
Cartas, marketing y el negocio cotidiano
El otro gran bloque de usos cotidianos que se repasó fue el administrativo: redactar una carta formal para el banco pidiendo una refinanciación, armar una campaña de marketing para un negocio, escribir el texto de una publicación para redes sociales. En todos los casos, la IA agiliza la parte mecánica —el formato, la redacción inicial— pero la decisión final, el tono, el ajuste a la realidad del negocio, sigue siendo trabajo humano.
Las alucinaciones: cuando la IA no sabe que no sabe
Uno de los riesgos más importantes que se discutieron al aire tiene nombre técnico: alucinaciones. Es lo que pasa cuando la inteligencia artificial, en lugar de decir “no tengo esa información”, inventa una respuesta que suena perfectamente convincente pero es totalmente incorrecta.
Como demostración en vivo, se le pidió a una IA que describiera “qué tipo de arquero fue” un oyente del programa, Bernardo Mecelani, jugando con la ambigüedad del nombre. El resultado fue una descripción detallada y creíble —”arquero sobrio y seguro, de pocos movimientos espectaculares, gran ubicación bajo los tres palos”— que en realidad no tenía ningún sustento real. Es el ejemplo perfecto de cómo una alucinación puede sonar absolutamente convincente sin serlo.
Un caso real y mucho más grave de este mismo fenómeno ocurrió en Argentina: una presentación judicial que incluyó, sin que nadie lo notara, el texto literal donde la IA le preguntaba al usuario “¿querés que te lo agregue?” — es decir, se copió y pegó la respuesta completa de la inteligencia artificial, incluidas las partes que claramente no debían formar parte del escrito. Nadie había leído el resultado con atención antes de presentarlo.
La conclusión que se compartió al aire fue clara: lo que sugiere la IA hay que leerlo completo, entenderlo y revisarlo siempre. No es opcional.
Privacidad: lo que subís a una IA puede dejar de ser tuyo
Un tema central que se trabajó en profundidad fue la privacidad. La regla que se compartió es simple y contundente: no subas a una inteligencia artificial nada que no compartirías públicamente.
Esto aplica tanto a personas como a empresas. Un análisis de sangre, un extracto bancario, una lista de precios con costos internos: toda esa información, dependiendo del tipo de cuenta que se use (gratuita, paga o empresarial), puede quedar disponible para el entrenamiento de esos sistemas. Y eso abre una puerta a riesgos de seguridad reales: hoy existen equipos enteros de hackers que buscan precisamente extraer ese tipo de información inferida de los modelos de inteligencia artificial.
Este punto profundiza algo que ya habíamos tratado en el episodio sobre seguridad digital y los datos que compartimos sin darnos cuenta.
El nuevo SEO: aparecer en ChatGPT, no solo en Google
Un dato que sorprendió en el programa fue el cambio en cómo la gente busca información hoy. Durante años, las empresas invirtieron en SEO (Search Engine Optimization) para aparecer en los primeros resultados de Google. Hoy, cada vez más personas le preguntan directamente a ChatGPT: “quiero hacer publicidad en General Villegas, ¿qué me recomendás?”
Esto dio origen a una nueva disciplina que ya tiene nombre: AI Optimization (AIO), el arte de lograr que un negocio aparezca cuando alguien le pregunta a una inteligencia artificial, no solo cuando busca en un buscador tradicional. Es un cambio de paradigma que recién empieza, y que probablemente va a definir buena parte del marketing digital de los próximos años — un tema al que seguramente volveremos en la próxima temporada.
El cierre: aprender a convivir, no a someternos
El mensaje final del episodio retomó algo que se dijo desde el primer programa de la primera temporada: la inteligencia artificial ya está en todo lo que usamos a diario —en YouTube, en Spotify, en cada recomendación que recibimos sin pedirla—. No se trata de dominarla como si fuera un enemigo a vencer. Se trata de no dejar que ella nos domine a nosotros.
Dos años aprendiendo a convivir con la inteligencia artificial nos dejan, sobre todo, una certeza: el crecimiento de esta tecnología no tiene precedentes históricos. Ningún avance anterior —ni internet, ni el teléfono celular, ni siquiera la propia Revolución Industrial, según comparan algunos especialistas— tuvo una velocidad de adopción comparable. Y probablemente estemos recién en el comienzo de descubrimientos científicos y matemáticos que antes hubieran llevado siglos.
La diferencia, como repetimos episodio tras episodio en este programa, no la pone la tecnología. La ponemos nosotros.
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Fuentes externas citadas en este episodio
- Marc Zao-Sanders, “How People Are Really Using AI in 2026”, Harvard Business Review, junio de 2026: hbr.org/2026/06/how-people-are-really-using-ai-in-2026
