Por Gustavo González – Tecnología al Paso
Hace apenas unos años, la inteligencia artificial (IA) era tema de películas futuristas. Hoy, sin darnos cuenta, la usamos todos los días. Está en ChatGPT cuando conversamos, en Spotify o Netflix cuando nos sugieren música o películas, y hasta en nuestros teléfonos cuando escribimos un mensaje.
La IA dejó de ser promesa para convertirse en una presencia silenciosa pero constante, moldeando la forma en que trabajamos, aprendemos, compramos y nos comunicamos.
Una historia más antigua de lo que parece
Aunque parezca novedosa, la IA lleva más de medio siglo entre nosotros. Los primeros trabajos teóricos sobre “máquinas que aprendían” se remontan a los años 60 y 70, cuando se hablaba de programas capaces de detectar patrones y mejorar por sí mismos (Coursera).

Algunos hitos clave:
- En 1956, la conferencia de Dartmouth marcó el inicio formal de la IA como disciplina (Bernard Marr).
- En 1966, apareció el chatbot ELIZA en el MIT, uno de los primeros sistemas de procesamiento de lenguaje natural.
- En 2022, el lanzamiento de ChatGPT generó una enorme visibilidad pública de la IA (Wikipedia).
Estos avances, que parecían reservados para laboratorios, hoy están al alcance de un clic. Como comentamos en el episodio 2 de Tecnología al Paso: cuando escribimos en Google y nos sugiere completar la frase, ya estamos usando inteligencia artificial.
De buscadores a compañeros virtuales
La IA ya no se limita a responder preguntas: conversa, sugiere e incluso acompaña.
No es raro que algunas personas les hablen como si fueran amigos, comenzando con un “buen día” o compartiendo pensamientos personales. En Argentina, uno de los principales usos de la IA conversacional es justamente ese: la compañía.
Esto abre un debate profundo sobre los límites entre lo humano y lo digital. Porque, aunque la IA pueda ofrecer respuestas empáticas, no siente. No tiene corazón.
Y ahí radica la gran diferencia: puede simular una charla, pero no puede reemplazar la mirada, la emoción ni la empatía de una conversación real. Como decimos siempre: la IA no nos va a reemplazar, pero sí puede ayudarnos.
Cómo aprenden (y cómo pueden equivocarse)
El aprendizaje de estos modelos depende de los datos que consumen. Si aprenden de información errónea, también pueden repetir errores.
Por eso siempre debe haber un humano “en el circuito”, validando, corrigiendo y guiando. Un ejemplo simple: si alguien publicara que “Jorge Arias fue presidente de la Argentina” y la IA lo incorporara, luego podría repetirlo. La IA no tiene sentido crítico, solo reproduce patrones.
Por ello existen los llamados guardrails o barandas digitales: límites programados que impiden respuestas ilegales, violentas o inapropiadas. Incluso las empresas ajustan el “tono” de sus modelos: recientemente, OpenAI tuvo que moderar a ChatGPT porque “era demasiado amable”. Este tipo de ajuste demuestra que la personalidad digital también se entrena.
Energía, ética y medio ambiente
Detrás de cada modelo de IA hay un ecosistema invisible: centros de datos (data centers) que consumen energía, agua y generan emisiones.
La International Energy Agency (IEA) estima que el consumo eléctrico mundial de centros de datos se duplicará para 2030, llegando a unos 945 TWh, lo que representará alrededor del 3 % del consumo mundial de electricidad (IEA).
Otro estudio de Pew Research calcula que los centros de datos en Estados Unidos consumieron aproximadamente 183 TWh en 2024, más del 4 % del consumo eléctrico del país (Pew Research Center).
El MIT también advierte que un modelo de IA generativa puede requerir hasta siete u ocho veces más energía que una carga de cálculo típica (MIT News).
En definitiva, la IA puede hacer mucho bien, pero también plantea un gran desafío ambiental. No se trata solo de qué hace la IA, sino también a qué costo para nuestro planeta.
¿Aliada o amenaza?
¿Nos hará retroceder a los años 70, cuando la vida parecía más simple? Probablemente no.
La IA no busca reemplazarnos, sino ampliar nuestras capacidades. Es un colaborador más en el trabajo, en el estudio o en la vida diaria: nos ayuda a escribir, organizar, programar o incluso a cocinar con lo que tenemos en la heladera.
Pero no tiene emociones, ni juicio moral, ni intuición. Por eso, el ser humano debe seguir al mando.
Usar la IA con criterio, empatía y propósito es el verdadero desafío de esta nueva era.
Cuando la curiosidad vence al miedo
La IA genera fascinación, pero también temor: ¿nos quitará el trabajo?, ¿nos manipulará?, ¿nos superará? En realidad, el futuro dependerá de cómo decidamos usarla.
No es el enemigo, ni un futuro lejano: es el presente.
Y como toda tecnología, puede ser tan buena o tan peligrosa como el uso que le demos.
Por eso, no le tengamos miedo: entendámosla y aprendamos a convivir con ella.
La curiosidad —y no el miedo— es la verdadera fuerza que impulsa la innovación.
