En Davos 2026 quedó claro algo que muchos intuíamos, pero que ahora ya no se puede esquivar: la Inteligencia Artificial dejó de ser solo una historia de innovación y crecimiento. Pasó a ser, de lleno, una conversación sobre poder, trabajo, ética y responsabilidad.
Durante años, los foros tecnológicos celebraron lo que la IA podía hacer. En este Davos, el foco estuvo en algo más incómodo: qué estamos haciendo con ella… y a qué costo.
De la fascinación al impacto real
Uno de los cambios más interesantes del foro fue el tono. Ya no se habló tanto de “el potencial de la IA” como de resultados concretos. Las grandes inversiones de 2024 y 2025 pusieron presión sobre empresas y gobiernos: ahora hay que demostrar valor real, productividad tangible y beneficios medibles.
La pregunta que flotó en muchos paneles fue simple y brutal:
¿Estamos usando la IA para resolver problemas reales o solo para justificar presupuestos?
Y la respuesta, aunque incómoda, fue bastante honesta: muchas organizaciones siguen atrapadas en pilotos que no escalan, en pruebas de concepto que brillan en PowerPoint pero no transforman procesos.
Trabajo, jóvenes y una transición mal planificada
Si hubo un tema que atravesó todas las conversaciones fue el impacto en el empleo. Organismos internacionales y líderes empresariales coincidieron en que la IA no va a “llegar” al mercado laboral: ya llegó.
El punto crítico no es solo cuántos trabajos se transforman, sino a quiénes afecta primero. Jóvenes, roles de entrada, tareas administrativas y trabajos basados en conocimiento repetitivo están en la primera línea de impacto.
La advertencia fue clara:
Sin políticas activas de reentrenamiento, la IA puede profundizar desigualdades en lugar de reducirlas.
La tecnología avanza exponencialmente; la adaptación social, no.
Regulación, ética y una frase que incomodó
Uno de los momentos más comentados de Davos fue cuando algunos líderes tecnológicos —esta vez sin eufemismos— pusieron sobre la mesa la falta de regulación en Estados Unidos y la resistencia de parte de la industria a cualquier tipo de control.
El mensaje fue directo: no alcanza con autorregularse.
Cuando hablamos de sistemas que influyen en decisiones financieras, laborales, educativas o incluso emocionales, la ética no puede quedar librada al mercado.
Por primera vez en mucho tiempo, la palabra moralidad se coló en el centro del debate tecnológico. Y eso, en Davos, no es poca cosa.
IA, geopolítica y soberanía tecnológica
Otro punto clave fue entender a la IA como infraestructura estratégica, no solo como software. Potencia de cómputo, energía, semiconductores y talento se convirtieron en activos geopolíticos.
La carrera por la IA ya no es solo entre empresas, sino entre países y bloques económicos. Pero Davos dejó una idea interesante: soberanía no es aislamiento. La colaboración internacional, los marcos comunes y las alianzas tecnológicas aparecen como la única vía realista para un desarrollo sostenible.
¿Optimismo o advertencia?
Davos 2026 no fue pesimista, pero sí más adulto.
La IA sigue siendo una oportunidad enorme para mejorar productividad, servicios públicos, salud, educación y eficiencia empresarial. Pero también quedó claro que sin gobernanza, sin reglas y sin foco humano, esa oportunidad puede volverse un problema.
Tal vez el mayor aprendizaje del foro fue este:
La pregunta ya no es si la IA va a cambiar el mundo, sino qué tipo de mundo queremos que ayude a construir.
Y esa decisión —aunque a veces lo olvidemos— no es técnica. Es profundamente humana.
