Hay sonidos que no se apagan nunca.
Algunos quedan flotando en la memoria, rebotando entre los recuerdos como si el tiempo no pudiera borrarlos. Uno de esos sonidos, para mí, es el de un silbato.
En mi casa hay tres de ellos. Tres pequeños objetos de metal, gastados por el tiempo, que fueron testigos de una historia más grande que un partido, más grande que un club. Fueron los silbatos que usaba mi papá cuando era entrenador de básquet en el Club Eclipse de General Villegas, allá por los años 70.
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